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CUARENTENA LITERARIA: OTOÑO DE ISCHILIN por RULY JUAREZ

Homenaje a todos los “captores” de los bravos, bellos y delicados Otoños del Valle de Ischilín.

Dean Funes, 21 de Abril del 2018

OTOÑO DE ISCHILÍN

El implacable viento Sur arremolina las esquinas quitando el ocre tapizado de las hojas que parecieran estar selladas a los mosaicos; la plaza muda, testigo del paso del tiempo, acomoda la gente en torno al Altar Cívico como buscando un reparo a la temperie, o en el kiosco de Rubino mirando al Tabi.

La mañana comienza a mutar adornada por un cielo gris y húmedo, las colas en los bancos muestran los rostros cansinos de los que buscan sus dineros y tienen que esperar porque se cayó el sistema, y unos se preguntan como hacían los cajeros cuando no había tanto adelanto tecnológico, ¿cómo hacían los Neme o los Marchessi o los Luna para pagar en efectivo a los jubilados, pensionados y activos al mismo tiempo y en algún momento en dos tipos de moneda que coexistían con los bonos de Mestre?

Miro la 25 y añoro las ofertas de Casa Rosa o los clásicos pizarrones de Don Cortizo, en los cuales precisamente no solo colocaba ofertas, sino que era una suerte de borrador del Washington Post donde uno podía ver el índice de cosas mal hechas por los funcionarios de turno o una que otra sugerencia magistral.

Miro la 25 y añoro el bizcochuelo del Danubio acompañado por una rica taza de chocolate Águila de envoltorio color rosa que se derretía plácidamente a la salida de misa, cruzo en diagonal la plaza y añoro, y lo veo a Don Miguel amasando las últimas pizzas a las cuales llevará al horno que sólo él sabía templar, y luego, a la salida de misa, al vender en el mostrador celeste, la clásica pregunta: ¿con amor o sin amor?

Veo a los que llegan tarde a misa y los que directamente no van, veo la mirada triste del vitreaux del Deán Funes en el altillo de la Esso, lo veo a Rocho atando con hilo sisal los últimos encargues y comisiones para llevar a Córdoba, veo al final de la 25 al Cadol que espera presuroso a los que viajan en el de las diez que llega a la una, lo veo al Cabezón Tito ofreciendo las primeras mandarinas cerca de Dopazo Naveira, en fin veo el rico pasado de mi querido terruño.

Pero veo más allá y me espera el Otoño de Ischilín, majestuoso y eterno, con sus envidiables colores que Fader estampó en sus telas, lo veo a Humberto en Los Ruices barriendo las increíbles hojas multicolores que adornan el amplio patio humedecido por el cálido regalo de la lluvia, veo esa misteriosa lucha de persistir por parte del Patriarca de Ischilín el cuatricentenario, algarrobo que preside la Plaza escoltado por la erecta Iglesia que deja colar en su campanario los soles del valle; los pájaros brindan una cálida sinfonía de trinos observada atentamente por un benteveo que hoy no quiso volar.

El arroyo delgado y presuroso custodia y rodea la casa de Carlos, que con un amargo presume de su suelo; el Ojo del Agua luce místico y fresco, sus sauces escoltan en una guardia natural el cruce del río; me saluda Don Iturrez y sus perros, y me espera Loza Corral con sus grises y sus verdes comenzando a desteñirse, e imagino cómo contribuyó el entorno a crear tamaña obra pictórica del Gran Maestro Fernando Fader.

Asciendo por esas intrincadas cercas y llego a la sala con olor a madera y la luz natural trepana los gruesos vidrios de oscuros bordes, y presiento como habrán sido esos otoños faderianos mientras un imaginario y humeante café sin azúcar acompaña el silencio de la sala.

El me recibe timorato y cordial y allá en el amplio parque lo veo que llega Mario avanzando con su tela alba deseosa de croma, no le digo nada, lo dejo, él sabe que estamos con Fader espiando casi de costado mientras dialogamos sobre política nacional e internacional. Y el café cambia por un saludable coñac bien servido en un estilizado vaso que refleja los pinares circundantes.

Mario sigue, él sabe que tiene poco tiempo para perpetuar ese frondoso árbol que hace días lo obsesiona con su delicado color, y de pronto se suma Martín carraspeando y tomándose la barbilla con su mano izquierda mientras estira la derecha para saborear el Remy Martin, un coñac que poco se consigue por estos lares, Mario sonríe por las clásicas salidas del Da Vinci de Ischilín, ya clavó su trípode, ya destellan los primeros trazos suaves y firmes de la futura obra.

Por este lado la charla sigue… que la inflación, que Perón… que Castro… que Franco, que Kennedy… y cuántos sucesos ocurridos y por ocurrir… casi que ninguno de los presentes creemos que Armstrong pisó en serio la luna al bajar de la Apolo y que podremos ver y leer en un futuro desde el teléfono el Diario La Razón, Clarín, El País o Cambio 16… o a Cortázar, o revivir las victorias de Fangio y el Pellegrini que ganó Leguizamo, o que el Domingo podamos disfrutar en este mismo living por la televisión (un extraño aparato traído por los yanquis de la Kaiser) tres partidos de fútbol seguidos… o que un muchacho llamado Maradona le haga un golazo a los ingleses como aquel que les hizo Grillo.

O lo que es peor aún… que tengamos una guerra con los sajones por nuestras Islas Malvinas, en todo ese tiempo Mario tiene casi concluida su impresión, le faltan dos trazos y la firma, ah un detalle… debajo de la campera tiene la camiseta de Pucará con un granate muy particular, tal vez el único color que no asentó en su tela.

Una vez terminada la faena, Mario se viene a la rueda. Yo me corro porque estos seguro van a discutir cuál es el mejor color para definir el Otoño, los observo y como si fueran neurocirujanos se concentran en torno a la tela. A lo lejos suena en un grueso disco de pasta con clásicas melodías que armonizan el momento que jamás imaginé presenciar, de pronto los tres se dan vuelta y creo que llegaron a una conclusión, el mejor color que identifica el Otoño es el ocre, el de ellos solo capta un momento, el tuyo los de siempre…

Los saludo mientras consumen los últimos tragos del Remy Martin que a esta hora transpira felicidad por haber formado parte de tan importante Corte. Me voy, creo que me va a costar escribir tan mágico momento o al menos intentaré hacerlo.

Bajo hacia mi pueblo y desde el Puesto Los Rodríguez observo cómo las Sierras de San Vicente y de Sauce Punco colaboran para que sigan existiendo los Fader, los Martín y los Marios, o los Albertos o las Gabrielas , al fin y al cabo ellos también son dueños del Otoño, la mejor estación del inmenso Valle de Ischilín.

Sigo silbando bajito un tema de Serrat, compro unos panes en lo de Torres en la Avenida Argentina y voy camino a la vieja Olivetti que aguarda impaciente le cuente qué es eso del Otoño en el Valle de Ischilín. Les aseguro que después de haber vivido ese gran momento en Loza Corral, yo también tengo mi propia versión del Otoño, pero la reservo para mis hijas y mi mujer.

Ruly Juarez
Otoño del 2018.

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